La memoria del barro en la Sierra de Gata

En las laderas donde el pino cede paso al viñedo, el vino guardado en tinajas conserva el sabor antiguo de las tierras de secano de Extremadura.

PUEBLOS DE PITARRA

8/7/20263 min read

Boigas, pichorras y lagares: la cultura del vino familiar en San Martín de Trevejo
En San Martín de Trevejo, en plena Sierra de Gata, el vino no se entiende únicamente como un producto. Forma parte de la arquitectura, de la memoria familiar y de una forma de vida que todavía permanece visible en las calles y casas de este pueblo de Cáceres.

Aquí, donde se habla mañegu —la variedad local de A Fala—, las palabras boiga, pichorra y lagar nos conducen a espacios diferentes, aunque todos estén relacionados con la elaboración tradicional del vino de pitarra.

Conocer su significado permite acercarse a una cultura vitivinícola doméstica que ha sobrevivido durante generaciones, alejada de las grandes bodegas y vinculada al autoconsumo, la vecindad y la celebración colectiva.

Un pueblo históricamente ligado al vino

La relación de San Martín de Trevejo con la viticultura viene de lejos. Durante la Edad Media llegó a ser conocido como San Martín de los Vinos, una denominación que refleja la importancia que esta actividad tuvo en la economía y en la vida cotidiana de sus habitantes.

El viñedo formaba parte de una economía familiar diversificada. Las casas, las cuadras, las pequeñas parcelas y los espacios de elaboración componían una misma unidad productiva. El vino se hacía principalmente para abastecer a la familia durante el año y compartirlo en celebraciones, reuniones y visitas.

Esta producción no respondía a una lógica comercial. Era, sobre todo, una forma de conservar la cosecha, mantener una tradición y reforzar los vínculos entre vecinos.

Esa cultura continúa viva en el vino de pitarra, elaborado todavía hoy en algunas casas para consumo propio.

Qué es una boiga

La palabra boiga suele traducirse como bodega, aunque su significado tradicional es más amplio.

En la arquitectura mañega, la boiga era cualquier estancia situada en la planta baja de la vivienda. Dependiendo de su uso, podía estar destinada al vino, a los animales, a guardar herramientas o a conservar productos agrícolas.

Por eso podían existir diferentes denominaciones: la boiga de los cerdos, la de las ovejas, la de los animales o la destinada al vino. Sin embargo, cuando se emplea la palabra boiga sin ninguna aclaración, normalmente se está haciendo referencia a la bodega.

La documentación lingüística ya recogía esta diferenciación durante la primera mitad del siglo XX. Se hablaba de una boiga de dentro, destinada al vino, y de una boiga de fuera, relacionada con los animales y las labores domésticas.

La boiga era, por tanto, mucho más que un almacén. Constituía el corazón productivo de la casa.

La pichorra: el espacio reservado al vino

Aunque en ocasiones se utilizan como sinónimos, boiga y pichorra no son exactamente lo mismo.

La pichorra es específicamente la estancia destinada a elaborar y guardar el vino. Se encontraba en la planta baja, normalmente separada mediante una pared del espacio ocupado por los animales.

En ella se instalaban el lagar o la prensa, las tinajas, los recipientes para recoger el mosto y los utensilios necesarios para la elaboración. También podían almacenarse aperos de labranza, porrones, botillos y diferentes objetos relacionados con la vida rural.

Entrar en una antigua pichorra es adentrarse en un pequeño archivo de la memoria doméstica. Cada recipiente, herramienta o piedra habla de una época en la que casi todo se producía dentro de la propia casa.

Una arquitectura pensada para conservar

Las casas tradicionales de San Martín de Trevejo suelen organizarse en tres alturas.

La planta baja, construida principalmente en piedra, estaba destinada a la bodega, los animales y las tareas agrícolas. Las dos plantas superiores, levantadas con entramados de madera y adobe, se reservaban para la vivienda.

Muchas casas tenían dos entradas. Una puerta estrecha permitía acceder a los pisos superiores, mientras que otra más ancha —conocida como tranca— daba paso al espacio de los animales y a la bodega situada al fondo.

Los pisos superiores sobresalían sobre la planta baja. Esta particularidad, además de ganar espacio para la vivienda, ayudaba a proyectar sombra sobre la calle y a proteger la bodega del calor. De este modo, las calles se volvían más estrechas y frescas, creando mejores condiciones para conservar el vino.

Los escalones y poyos de cantería que todavía pueden verse delante de muchas viviendas tienen su explicación en esta distribución: la entrada de la casa debía salvar la altura de la boiga situada debajo.

La arquitectura popular no era, por tanto, meramente estética. Respondía directamente a las necesidades de una comunidad agrícola y vitivinícola.

Prensas compartidas y vino de vecindad

No todas las familias disponían de una prensa propia. Quienes la poseían podían prestarla durante la vendimia a otros vecinos y recibir a cambio una parte del vino elaborado.

Este sistema permitía aprovechar una herramienta costosa y reforzaba las relaciones de colaboración dentro del pueblo. La vendimia se convertía así en un trabajo compartido, basado en intercambios sencillos y acuerdos de confianza.

El vino no solo se producía en familia. También circulaba entre casas, se probaba, se comparaba y se compartía.

Algunas boigas y pichorras han desaparecido o han cambiado de uso. Otras se han transformado en bares y restaurantes, manteniendo en parte su arquitectura original. Todavía es posible encontrar establecimientos con nombres que recuerdan esta tradición, como Boiga do Viñu.